El estigma social de usar etiquetas

Las etiquetas para referirse a personas es algo tan antiguo como el propio lenguaje. Motes como “El chino”, “el niño”, “el mono” o “el cojo” quizás haya unos cuantos repartidos por los colegios de nuestra bella tierra.

Somos así de ricos los humanos, nos encanta referirnos a cosas con diferentes nombres personalizados, y si tienen un puntito de ridículo o humorístico, mejor que mejor.

Lo cierto es que por nuestra inclinación a clasificar nuestra realidad con el uso del lenguaje, también nos gusta usarlo para otros menesteres.

“La lengua es como un cuchillo afilado, mata sin extraer sangre”Buda Gautama

Estos ejemplos cariñosos (o no tanto) entre los niños de colegio, son solo un ejemplo evidente de clasificar a las personas por adjetivos que aluden a un aspecto muy concreto y reducido de la persona. ¿Cuándo vienen los problemas? Cuando las personas se acogen a estas categorías clasificatorias de personalidad y se sumen en su paraguas, actuando acorde a esas limitaciones de concepto.

“En la escuela me decían que era la gorda de la clase”

identidad personal

Por más que pretendamos que las palabras que vuelan a nuestro alrededor “no nos influencian para nada”, existe un componente del que no podemos zafarnos. A veces un simple cambio de contexto donde se nos valora diferente, obra maravillas con nuestro autoestima  y la forma de sentirnos. ¿Es esto casualidad? Ya lo creo que no.

Cuando nos rodeamos de personas que establecen clasificaciones de algún rasgo de nuestra cualidad, nuestras antenas están abiertas para recibir ese feedback. El impacto que genere depende de la historia personal de cada uno, pero ese estímulo hacia nuestra identidad tiene un efecto en nosotros.

Al igual que cuando nosotros agradamos o desagradamos a alguien. Es posible que el comentario nos dure eternamente como que se nos olvide a los dos segundos, pero el lenguaje que nos rodea en torno a nuestra persona influye irremediablemente en lo que nosotros pensamos que los demás perciben de nosotros y a su vez, como nos percibimos nosotros mismos.

Esto se ve mucho más sobresaliente en los niños y adolescentes. Por lo general, si a un niño se le asigna el estigma de ser “malo” o “bueno”, el niño en su desarrollo tan tierno del yo, adoptará lo que digan de él hasta que su vivencia lo vaya validando o invalidando. Es una interacción mutua y constante.

El desapego a lo que eras ayer o eres hoy

Por otro lado, no es el único factor que media en la identidad, pues las acciones que llevamos a cabo, los sentimientos, logros, vínculos o experiencias son sólo algunos de los factores que configuran con lo que nosotros sentimos que “somos”.

Por lo tanto, si quieres aportar valor a las personas que te rodean, regala validación de sus buenas cualidades, les hará sentir más apreciados, queridos, valorados, y de alguna forma, influirá en su concepto personal.

Y sin apegarnos demasiado a lo que decimos de nosotros mismos ni los otros de nosotros, somos perfectamente capaces de cambiar, pese a las dificultades que eso entraña. Si cambiar fuera tan fácil como proponérselo, todo el mundo lo haría.

El sentirse demasiado identificado con una categoría o adjetivo puede llevar a no ser flexible y adaptable a lo que ocurra; a veces no nos queda otra que rectificar. “Yo es que soy muy desorganizado y no puedo hacer eso”. Pues si ese contexto demanda de ti más organización, probablemente tengas que desarrollar una precisión que nunca te ha hecho falta hasta ahora. Y si sigues actuando conforme a conductas que se identifican por ser “organizadas”, quizás, algún día te identifiques con ser una persona “muy organizada”

Somos moldeables, hay esperanza para cambiar. No ha lugar a la frase “yo es que soy así”. Pues claro que sí, lo eres hasta ahora, pero buenas noticias, con o sin ayuda, la categoría que ahora tanto te gusta o desprecias de tu persona, podría ser un recuerdo del pasado con los reajustes correctos.

Las etiquetas diagnósticas y la salud mental

Por otro lado, no he querido entrar en el espinoso asunto de las “etiquetas diagnósticas” ya que ese tema es un bendito melón que no abriremos de momento. Pero por supuesto, si no es favorable para las personas que se las clasifique por ser X o Y, imaginad el poco beneficio que puede llegar a suponer para una persona que se identifica con ser “depresivo” “agorafóbico” o “ansiosa”.

Os dejo un enlace a este tema, porque el gran Marino aporta valor incalculable a nuestra sociedad en contra de las etiquetas diagnósticas en el mundo de la salud mental.

Espero que te haya resultado interesante.

Un abrazo.

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